051224
La nieve que cae se derrite inmediatamente.
Oigo al cura, diciendo que no me conoció personalmente, para luego mentir, sobre todas las cosas buenas que hice.
Bajo un clima que ni El bendeciría, mis seres queridos y alguno de mis enemigos rezan un Padre Nuestro, un Ave Maria. Mientras los hijos de algunos de ellos se tiran bolas de nieve, en organizada batalla.
Se van. Algunos con los zapatos húmedos se empiezan a retirar. Aquí me quedo. Aquí. Acostado bajo coronas de cempatzuchil, alcatraz y alguna rosa roja con moño de seda.
Al igual que durante el entierro de mi padre en Atzcapotzalco, me siento como adolescente con traje prestado.
Un ramo empezandosé a marchitar a mi lado huele raro, presiento que
algunos pétalos y cintas de colores con pésames impresos acabaran enterrados en el lodo, y como si la tierra se abriera y me tragase, no me da la voz para decir adiós.
Ocho campanazos suenan.
”Esta debe ser Mi Muerte”
Congelado siento rodar las lágrimas.
Y lloro por el tiempo que fué.
Había caminando durante todos estos años en el laberinto del autodesprecio siendo solo como sombra en los espejos.
Un alma me extiende la mano llevandome hasta una puerta. ¿Es un callejón?
Lo que hay detrás de aquél portón me aterroriza tanto que me niego a abrir.
La tierra se abre y me traga.
Coloreado de rojo, el cielo.
Sonando las 9
”Esta es mi muerte”
Como en alguno de mis sueños de opio. Como alucinación.
Hundido en un baño de sudor. Sabiendo que pronto el dolor terminará y que el temor será solo vaga sensación
Del otro lado del miedo existe la libertad. Lo que nunca conocí en vida.
Una ilusión de infinito me colma de serenidad.
Todo termina cuando la tierra se abre y me traga estoy cubierto por una capa de nieve nueva
La última campanada, la décima sonó desde la capilla.
Constante mi muerte.
Aquí podría una historia terminar y otras comenzar.
En el cementerio, en una olvidada tumba, dónde nadie descansa
aquí esta el que yo una vez fuí.
(mi abuelo paterno murió el 24 de dicimbre de 1941)